Cuestión de prioridades

 

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Las Ramblas, Barcelona.

Aún recuerdo, como si fuera ayer, el sábado previo al 1 de octubre del pasado año. En la ciudad, como en el resto del país, se respiraba un ambiente extraño, caldeado, tranquilo, pero también con cierto nerviosismo. Una mezcla de extrañas sensaciones.

Las Ramblas estaban abarrotadas, como de costumbre. Era un día soleado. Vendedores ambulantes sin licencia trataban de deshacerse de sus palos de selfie endosándolos a los peatones. A mi izquierda, un quiosquero le entrega “El Periódico” a un hombre que porta una boina a cuadros que le agradece con un educado “moltes gràcies, adéu siau“. Turistas, cámara en mano, capturan cada uno de los mágicos rincones de Barcelona; otros, hacen lo mismo con aquel palo de selfie recién comprado. Hay quienes, con cierta sangre fría, tratan de escenificar aquel trágico atentado que ya muchos han olvidado. Y yo, como el que observa detenidamente una obra de Van Gogh, intento enmarcarlos en la que sería mi pintura, entregándoles sus pensamientos, sus rostros únicos, su indiferencia.

Pero no todos podían afrontar el día de la misma manera. Tras todo este conglomerado de personas no se esconde el silencio en la calle paralela. Calle que hace honor a San Agustín. En esta hay un grupo de personas absolutamente distintas a las anteriormente descritas. En esta ocasión, parece que tienen cosas más importantes en las que pensar. Visten ropas más desgastadas y sucias, algunos no parece que huelan muy bien. Están haciendo cola y yo me abro paso de forma educada, deseando que ninguno me recrimine por qué no espero como el resto. Pero nadie lo hace. En la puerta aguarda un hombre que regula la entrada. “Buenos días, venimos a ayudar” –voy acompañado–. “Sí, buenos días. Adelante”, me responde amablemente con una sonrisa digna de un hombre feliz.

Estamos en el lugar que llamamos “Comedor de las Calcutas”, quizá sea más correcto referirse a este como a las “Hermanas de la Caridad”. Son las 12.00 aproximadamente. Las mesas están listas. Y quienes esperaban su turno para entrar, ya se encuentran aquí sentados. Solo falta la comida.

Una de las Hermanas, con autoridad y educación, pide silencio; y se hace al momento. La Hermana lee el Evangelio del día y nos recuerda a todos los presentes, conforme lo leído, cómo debemos vivir y qué es lo que Dios quiere de nosotros. Se dispone a bendecir la mesa. Y es en este preciso instante cuando parece que se pare el tiempo.

Tengo la oportunidad de darme cuenta que, durante semanas, el país ha estado sumergido en las aguas del 1 de octubre. Nada parece más importante que la voluntad de los políticos, aquellos cretinos dispuestos a hundirnos a todos. Nosotros, sin ganas de eliminar las telarañas de nuestro timón, les seguimos sin rumbo. Pero los hoy aquí reunidos tienen preocupaciones mayores. Les importa un bledo el porvenir del país. Y con razón. Solo esperan su plato. Quieren comer. Después se irán a buscar un sitio donde echar una cabezadita o pedir limosna en la entrada de una iglesia. Los problemas del primer mundo nunca han sido [sus] problemas. Y me quejo.

Todos responden “amén” finalizada la bendición. La Hermana no olvida pedir paz para Cataluña y para España, “al fin y al cabo, todos somos hermanos”.

«No se trata de “hacer evangelización”, sino de “ser verdaderamente cristiano”, y la evangelización viene por añadidura, a partir de un modo de vida, y no a partir de una técnica de venta». – Fabrice Hadjadj

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