Ciegos y elefantes

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“Eran seis los ciegos ancianos que continuamente discutían entre ellos para demostrar quién de todos era el más sabio.

Un día decidieron conocer qué era y cómo era un elefante.

Tras pedir ayuda a un guía, este los llevó hasta aquel. Los ciegos, por turnos, empezaron a palpar el animal. Pero cada uno de ellos tocó partes distintas.

Una vez habían finalizado, empezaron a discutir sobre el elefante: el ciego que tocó la cola dijo que era como una cuerda, el que tocó la pata lo calificó como algo parecido al tronco de un árbol, el sabio que acarició los colmillos afirmó que el animal era como una resistente lanza curvada, y así sucesivamente hasta el último de los sabios.

Todos creían tener la razón, y no dudaban en que el resto se equivocaba”.

 

“Los ciegos y el elefante” es un cuento popular que nació en la India con la intención de mostrar a la sociedad distintas enseñanzas, que habiéndolas presentado de otra forma se hubieran quedado en estériles intentos.

Las interpretaciones de esta parábola son varias, y estar cerrado a ellas sería poco inteligente. Sin embargo, me referiré a la relativa a la comunicación personal, pues creo es de especial relevancia en pleno siglo XXI y, en especial, en España.

El panorama político actual es ciego, y no digo sordo porque no lo es, aunque se lo hace. Sí, se hace el sordo. Los políticos se/nos enredan en soltar su patético discurso para asegurarse un cierto número de electores, haciéndonos creer por activa y por pasiva cuán importantes somos para ellos, para luego no dedicar ni un mísero segundo en tratar de aprehender qué dice el de enfrente. Nosotros, como sociedad, hacemos lo mismo. Por eso tenemos los políticos que nos merecemos.

Hace ya un tiempo, un chico –marginado, que en el colegio nadie hacía caso– perpetró un asesinato múltiple al ritmo de Marilyn Manson. La prensa se preguntaba si su música era para lunáticos, locos, dementes. Se acercaron al artista y le preguntaron: “De saber lo que iba a ocurrir, ¿qué le hubieras dicho al chico? – y él respondió– No le hubiera dicho nada, le habría escuchado”.

Como un día me dijo un gran amigo mío: nos educan a escuchar para responder, en lugar de escuchar para comprender.

Lástima.

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