Expresar el insulto libremente

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La soberbia del peón

“A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España” de Manuel Chaves Nogales, hombre de visión justa y ecuánime, de asombrosa lucidez adelantada a su tiempo. En su obra relata varios sucesos de la Guerra Civil española en la que “cada uno de sus héroes tiene una existencia real y una personalidad auténtica”. Destaca la objetividad con la que describe el horror de la guerra, “no se casa con nadie porque su compasión y solidaridad están del lado de las personas que sufren”, firma Antonio Muñoz Molina –escritor y académico de la RAE–.

Manteniendo las distancias del horror de la guerra, las personalidades de la época no distan de las actuales, es más, con cierta facilidad uno reconoce los mismos comportamientos de antaño –durante la Guerra Civil– en la sociedad actual. Por ello, “A sangre y fuego“, es un clásico de la literatura española.

Vistos los acontecimientos acaecidos durante los últimos meses, cualquiera puede preguntarse si vive en una sociedad humana e intelectualmente más avanzada que la de entonces; en los inicios de la Guerra, más valía callar sobre la verdadera ideología que uno profesaba, siempre y cuando no quisiera verse durmiendo profundamente en una cuneta, con el frío eterno de la muerte sobre él. Cada bando imponía su parecer.

Había quienes no comulgaban con ninguno de las distintas facciones, esos sí estaban bien jodidos; quienes optaban por lo que en un principio parecía ser la postura más lógica y coherente, pronto se encontraban en el punto de mira de ambos bandos, con sus cabezas sometidas a la presión del dedo índice sobre los gatillos.

El motivo de este escrito hace referencia a la tan comentada y debatida libertad de expresión en España. Hay quien defiende el derecho de la libertad de expresión como el derecho a ofender y ser ofendido y otros, en cambio, optan por el “yo puedo ofender y tú no” –últimamente muy visto en la izquierda comunista española–. Este debate lo ha originado tantos casos como el del rapero Valtònyc –quien ensalza el terrorismo contra ciertas personas–, los cuadros en el museo Arco –sobre la libertad de los presos políticos–, los silbidos al himno de España por parte de los independentistas en todas las finales de Copa del Rey en las que juega el Barça, y un largo etcétera.

Quizá el más grande de los problemas, en mi opinión, no sea tanto el ser ofendido u ofender a otro sino el creer tener el derecho de poder insultar y maldecir a cualquiera bajo el pretexto de la libertad de expresión. Porque entre uno y otro hay una gran diferencia: y es que no es lo mismo argumentar y opinar con respeto (“no me gusta tu camisa porque es azul, y a mi el azul me da vértigo”) –con el que uno puede sentir una pequeña ofensa– que faltar a otra persona por el mero hecho de pensar distinto (“tu camisa es una mierda muy fea, puto facha, muérete”). [Importante no quedarse con el ejemplo, sino con el fondo].

El límite de la libertad de expresión es imposible de trazar, pues varía según el nivel intelectual de cada uno de nosotros. La ofensa va desde silbar el himno de España, pasando por el autobús de Hazte Oír, hasta las ofensas de los dragqueens que se mofan de los cristianos. Hay de todo. Por tanto, el debate es de lo más inútil que se puede hacer en situaciones como estas. Los argumentos de unos serán insatisfactorios y parciales para el otro, y viceversa. Lo que promueve el debate, en ocasiones como esta, es escupir cada uno sus motivos sin escuchar ni comprender al adverso.

¿Que no hay solución? Desde luego que la hay. Pero nadie está dispuesto a quitarse esa máscara, que supone tragarse el orgullo y tender la mano. Lo fácil, correcto y coherente es promover la libertad de expresión sin que tenga cabida la falta de respeto y el insulto. Un país entero debería marginar y aborrecer a todo aquel que manifestara sus ideas con odio y rabia, eso sería una sociedad intelectualmente avanzada; pero en época de infantilismo e inmadurez eso es prácticamente imposible. Nadie está dispuesto a ceder.

La vanidad es mi pecado favorito“, repite Al Pacino en la película Pactar con el Diablo. Porque el individuo no cede ante el resto, sino que se piensa superior y poseedor de la verdad absoluta. Parecería exagerado todo esto sino fuera por que el orgullo, la arrogancia, el ansia de control y, sobretodo, el poder son siempre los desencadenantes de toda guerra y de todo conflicto social. Y no lo digo yo. Lo dice la historia. Una y otra vez. Y lo dice el hombre cada vez que tropieza con la misma piedra. Pero la soberbia sigue allí. Anclada en el fondo del mar; en lo más profundo del ser humano.

Solo un Hombre libera al hombre.

 

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