el Capitán Kana

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 Nicolaos Kana en la lonja de Mykonos

Permitidme que os cuente la historia de un buen hombre: la historia de Nicolaos Kana, a quien tuve el placer de conocer hace un par de veranos.

Pescadores sus padres, pescadores sus antepasados, nada más evidente marcaría el futuro de nuestro hombre. Nico tuvo una infancia dura, debido a la capacidad física que implica vivir de la pesca, siempre despierto para no dejarse sorprender por la imprevisibilidad del mar. Mykonos, isla del sol, el mar y el viento, cementerio de gigantes y refugio del temido y sanguinario pirata Barbarroja, es el idílico lugar donde nació nuestro hombre.

Allí estaba él, con el lepanto que había pertenecido a su abuelo, sentado en una mugrienta silla de plástico mientras se encendía el último cigarrillo Old Navy, y con una mirada entre perdida y pensativa, dijo: “cierras los ojos y las fauces del océano te arrancan del único bote que mira por tu vida“, parecía que  recordara una situación pasada, llena de miedo y desesperación. Callo y le observo, esperando a que decida abrirse sin tapujos. “Mira, hijo. No creo que lo entiendas, pero no puedo contarte mucho”, da una larga calada, me lanza una mirada sincera, y sigue “ya sabes, hay cosas que es mejor no saber”. Asiento como si supiera de qué me habla. Gran error por mi parte.

Tras conversar un largo rato decido invitarle a una cerveza, acepta sin pensárselo dos veces. Hablamos sobre la pesca, el mar y la vida en la isla. Tampoco olvida recordar a Petros, el famoso pelícano que vive junto a los miconios como si fuera uno más, se enorgullecen notablemente. Excepto los meses más calurosos del año, la ciudad, durante el resto del año, es agradable. “Se vive tranquilo y se trabaja tranquilo –se detiene, da un trago como si llevara días sin beber, y prosigue– el problema son esos inmensos cruceros“, los señala con la cabeza mientras escupe al suelo, con asco. “Desde que empezaron a llegar se ha reducido mucho la pesca”, me comenta que su familia ha pasado muchas dificultades debido a la masificación y explotación entorno a la isla.

Antes de irme le pido que me cuente aquello que me ocultaba minutos antes. Nico me mira como si acabara de insultarle, pero comprende mi inquietud. Me sonríe amablemente y me dice: “hijo, voy a decirte algo: puedes tomarme como a un viejo loco, pero yo he vivido”, coge la cerveza por el asa y se la acerca al morro, hace ademán de echar un último trago, me mira, sonríe y dice “es increíble cómo un insecto puede dañar tanto grano“.

No sé muy bien qué ha querido decir. Pago la cuenta y nos vamos en silencio. Nos acercamos a la lonja, ahora ya vacía, puesto que las ventas son a primera hora de la mañana, hora en la que los marinos vuelven con las redes llenas. Nico se apoya en el mármol donde horas antes estaban los distintos peces y bichos de mar. Mira al horizonte pensativo, y es en ese momento donde le saco la única fotografía que tengo de él. Quizá sea mi favorita de entre todas las que he hecho nunca.

Hoy sigo mirando ese retrato como el primer día, con cierta nostalgia; y me pregunto: “cómo es posible que un hombre tan pequeño albergue una inmensa e infinita profundidad en su interior”.

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