No tan poderoso caballero es don Dinero

 

Unknown

El negocio del aborto.

Esta mañana he modificado parte de lo que ayer escribí. Todo apuntaba a que, en Argentina, el aborto –el mayor fracaso de la sociedad– iba a ser legalizado. Afortunadamente, algo ha cambiado durante estas últimas horas.

En principio, el resultado no debía sorprender a nadie: estamos acostumbrados a recibir todo cuanto pedimos; y más, si somos de Occidente. Y no debería sorprendernos porque ya sabemos cómo funcionan las pérfidas multinacionales y los miserables medios de comunicación: todos ellos financiados por manos repletas de billetes y bolsillos en los que rebosan monedas de oro. Fortunas que triunfan en el hemisferio norte del planeta, son las sociedades que viven plácidamente, son los que aprueban la práctica del aborto.

El codiciado Estado del Bienestar, idolatrado como lo es el capitalismo y la comodidad, todo cuanto es necesario para que el hombre viva sin sufrimiento y preocupación alguna. Todo debe apuntar a que el hombre no haga nada por los demás y se limite a preocuparse de sí mismo.

C. S. Lewis, admirado por su narrativa juvenil por Las crónicas de Narnia –aunque nunca se hace referencia a su mensaje cristiano– y jamás citado por su conversión al catolicismo, describía en su célebre obra Cartas del diablo a su sobrino«Los largos, aburridos y monótonos años de prosperidad (…) son un excelente tiempo de combate [para el diablo]. Es tan difícil para estas criaturas [los hombres] perseverar… La prosperidad une a un hombre al Mundo». Pocas veces se dicen tales verdades de tan simple forma. Cuanto más tiene y más goza una sociedad, de más gilipollez está cargada. C. S. Lewis culmina con lo siguiente: «(…) cuando todo el impacto de la guerra se acerca y sus esperanzas mundanas ocupan un lugar proporcionalmente inferior en su mente, (…) aumentando cada día su dependencia consciente del Enemigo [Dios], es casi seguro que le perderemos si muere esta noche». Creo que esto lo dice todo.

El aborto nace en las sociedades acomodadas, las que mucho tienen y poco les falta; las que cuanto más consiguen, más inventan para tener más y más. Y ser más felices y más ricos. Y más derechos, más decisiones propias, más libertades… Mas nada les llena.

Sin embargo, debido al imparable progreso de los países europeos y sus citadas comodidades, por odio o rabia a la Iglesia católica –debido a que esta es la única institución que defiende la vida–, el aborto se acabó convirtiendo en un movimiento de la izquierda radical. Aquella que sale a la calle, destroza cuanto ve y consigue cuanto quiere. ¿Cómo fue incrementando estas ganas por la legalización del aborto? Poderoso caballero es don Dinero.

Y el dinero, junto con las mentiras, acabaron formando un búnker prácticamente infranqueable. Falacias repetidas hasta la saciedad, balas disparadas hasta la segunda yugular, engaños convertidos en verdades. Lobos con piel de cordero. Una falsa excusa que justifica la matanza de millones de hijos que se han convertido en un inconveniente, en Occidente; un inconveniente propiciado por hombre y mujer; mas el hombre no lo sufre, y la mujer carga con la cruz.

A la mujer, con pocas opciones y mucha presión social, se le ofrece una única solución: el aborto. Y las mujeres, muy probablemente, por culpa de los hombres, ha hecho suya la sarta de mentiras que justificarán su decisión: “es mi cuerpo” –que no lo es, el cuerpo de la mujer no sufre alteración alguna, sino que recae sobre el feto (que está vivo) en proceso de crecimiento y desarrollo–, “no es un ser humano” –quizá es una cabra; con un latido de corazón único e independiente al de la madre, y un ADN o código genético distinto, también, al de su madre–. Y lo curioso de todo esto, es que la ciencia y la biología lo avalan. Así pues, entra en juego la batalla de las terminologías: no es un ser humano porque no tiene X semanas de vida, es un conjunto de células –del mismo modo que lo es quien realiza esta afirmación–, es la interrupción voluntaria del embarazo –que no lo es, porque todo cuanto se interrumpe, puede reanudarse; y la vida, cuando se interrumpe, perece–… y de este modo se va creando una filosofía y una ideología terminológica, al margen de la ciencia, de lo que supone el aborto.

Tengo hambre, así que hablaremos de comida. Existen métodos para no quedarse embarazada, el más eficaz, pero el más rancio y retrógrado, es la abstinencia. Pero a todos nos gusta mojar el churro, ¿verdad? o que nos lo mojen. Bueno, entonces encontramos otros métodos de prevención del embarazo, no tan eficaces, pero que pueden funcionar: como los preservativos o las píldoras. Pero no sabe igual un churro cubierto en plástico, ¿no? Tampoco un churro al que le han introducido ciertos químicos; no resulta muy agradable que digamos. Nos gusta lo natural, el pan fresco, lo que “está duro o está blando”, como diría Punset. Pero los productos no procesados, sin químicos o aditivos, producen efectos indeseados –que no inesperados–. El churro, a rebosar de chocolate, produce cagarrinas. Nuestras decisiones tienen consecuencias.

Ya no tengo tanta hambre. Es cuanto menos curioso, cuando se habla del aborto, existen dos tipos de hipócritas: en primer lugar, están los que defienden la vida y, por tanto, se oponen al aborto pero luego rechazan cualquier tipo de ayuda y entrada a los inmigrantes que huyen del horror de sus países. En segundo lugar, están los hipócritas que dicen ser más humanos, que llaman y aceptan todo tipo de inmigración porque hay que salvar sus vidas, pero luego favorecen y apoyan la muerte del embrión, el asesinato de un hijo. Todos falsos. Impostores y puritanos.

Aquel que está a favor de la vida –siendo católico o no– debe estarlo de toda vida, siempre por delante de los intereses económicos y nacionales. El que no lo está, no debe estarlo de ninguna. O se está, o no se está. Ser o no ser. Medias tintas no valen. Porque para ser hay que estar, y no queremos ni ser, ni estar, ni querer. Ese es el problema.

Y mientras se conciba el aborto como un tema de libertad, decisión y comodidad, nada se podrá hacer.

Esto bien lo sabía Francisco de Quevedo, porque donde hay dinero, hay un churrero:

«Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
Al rico y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

¿A quién no le maravilla
Ver en su gloria, sin tasa,
Que es lo más ruin de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Mas pues que su fuerza humilla
Al cobarde y al guerrero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Es tanta su majestad,
Aunque son sus duelos hartos,
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero».

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2 comentarios en “No tan poderoso caballero es don Dinero

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