Lobos con piel de cordero

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Como cabía esperar, tras la acusaciones dirigidas por la fiscalía a una gran parte del clero americano –trescientos concretamente–, cientos de usuarios, arrastrados por el dolor, el odio y la rabia, no han tardado en lanzar todo tipo de vituperios y diatribas contra la Iglesia católica. Y no es de extrañar, pues las atrocidades cometidas por aquellos merecen ser denunciadas –y estudiadas–, no solo de quienes las cometieron sino, también, de quienes conociéndolas, callaron.

Sin embargo, toda afrenta, toda mofa reproducida por quienes rechazan a la Iglesia caen en el mismo error: todos ellos reproducen un cúmulo de amalgamas, de contradicciones, carentes de toda lógica. Olvidan a los buenos y recuerdan a los malos.

Jesucristo –que no es personaje ficticio, sino hombre de andadura terrenal– predicó, con hechos, un mensaje ejemplar; mensaje que debía iluminar hasta el más oscuro rincón a través de la Iglesia, encargada a Pedro. Y así lo hizo a lo largo de los años. La Iglesia transmite un mensaje de amor y esperanza a través del sufrimiento, a todo el mundo. Un mensaje fiel, original, de Jesucristo. Un refugio en la oscuridad.

Con acierto afirmaba Chesterton que la teología –aplicable a la Iglesia– deviene complicada, y no porque esté muerta, “creedme: si hubiera estado muerta, nunca habría devenido complicada; solo un árbol vivo crece un número excesivo de ramas”. La Iglesia está viva, el mensaje es verdadero. La Iglesia es vasta, la complejidad está asegurada.

Son muchos los sacerdotes que han faltado al mensaje original, “por sus frutos los conoceréis”. Y eso no resta veracidad al mensaje, sino que reafirma su autenticidad. Por ese motivo, denostar a la Iglesia católica por los pecados de otros, no es más que darles la razón a quienes los han cometido. La Iglesia sigue su mensaje, los hombres lo corrompen. El Bien –el que predica la Iglesia– suele ser rancio, tedioso y complicado, que obliga a superar los “meandros tormentosos de la vida”. El Mal –el cual encandila al hombre– es atractivo, seductor, siempre camuflado de buenismo y placer.

Pero la Iglesia necesita del hombre, y del hombre es inherente el mal. La Iglesia no puede, ni debe, esconderse. Debe ser valiente, denunciar todo mal residente y pedir perdón. Debe dar la cara, no callar y combatir la putrefacción que esconden algunas de sus paredes. Hasta el momento, la acusación se trata solo de un informe que deberá ser corroborado como cualquier otro y demostrar su veracidad.

Ante cualquier ultraje, recuerden: el hombre zozobra, la Iglesia está edificada sobre roca.

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