Los muertos no hablan

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Con suma fragilidad abrió Pedro el arca. Llevaba demasiado tiempo, años quizá, esperando este momento. Sujetaba, con ayuda de sus dientes, la linterna que le proporcionaba la única luz allí abajo. Estaba a oscuras. Aquel lugar, una sala angosta y lóbrega, parecía velar las almas de antiguos guerreros que batallaban a merced de sus líderes.

Años atras no fueron pocos aquellos quienes deseaban arribar hasta él y despedazarlo. Esto mismo deseaba él sobre sus adversarios.

Aquella estancia olía a putrefacción, “¿qué demonios habrá dentro de esta caja?” se preguntaba Pedro mientras, a duras penas, conseguía mover el portón. A su vez, en cuanto inspiró, rápidamente se llevó el índice y el pulgar a su nariz para impedir aquella hediondez entrar en sus pulmones. “¿Puedo verlo?”, preguntó Susana, su hermana. “No”. “¿Acercarme, al menos?” insistió. “No, no y no”, así zanjó Pedro, rotundamente, la discusión.

“Pero sí puedes hacer algo mejor”. Ella se acercó interesada. “Rápido, ve y dile al zapatero del pueblo que hemos cumplido con su cometido. Hemos destapado el cajón”. Ella, feliz por sentirse útil, fue corriendo a comunicar la buena nueva al remendón.

Pedro, aún sujetando la linterna con la boca, miró en derredor en busca de Pablo, su amigo, de apellido religioso, quizá eclesiástico. Discernió, de entre la oscuridad, la camiseta morada de su amigo. “Acércate, corre” pronunció como pudo.  Pablo se acercó, sin palabras, observó el lugar a la par que se recogía su larga melena. Sin saber qué decir, ambos se miraron. “¿Y ahora, qué?”. Arquearon las cejas, a su vez levantaron los hombros e hicieron una pedorreta con los labios, todo en señal de no tener respuesta alguna, de no saber qué hacer.

“Maldita sea, ¿qué tesoro esconde esta arqueta? ¿qué la hace tan especial?”.

Los dos amigos seguían allí, estáticos, sin saber qué [más] debían hacer. “Pedro, haz algo”, le espetó Pablo. Aquel, sin saber muy bien qué hacer, con más dudas que respuestas, con más inseguridad que certeza –impropia de él–, decidió ir a por todas. Se armó de valor y terminó por apartar, en su totalidad, el portón del arca. Quedó helado, inmóvil. Pablo lo golpeó para desaturdirle. Pedro tragó saliva:

Francisco, ¿estás ahí?”.

Jamás obtuvo respuesta. El silencio era eterno.

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