Los ojos de Yemen

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Un riego de sangre resbala sobre la sien de Shaadi. Tiene apenas nueve años y ya ha visto más que muchos adultos en toda su vida. Probablemente ha sufrido más que todos ellos. Pero también ha vivido más. Ha reído y ha sido feliz.

Shaadi significa felicidad, alegría, y la verdad es que el nombre responde a su personalidad. Fue su abuela quien se lo puso. Tras la muerte de su madre en el parto, su padre se hizo cargo de ella; sin embargo, la nefasta situación del país obligó a que Shaadi y su padre se separaran. En casa pasaban penurias, así que Ibrahim –padre de Shaadi– tuvo que salir a buscar trabajó allí donde lo encontró. Los abuelos cuidaron de la niña.

Siete meses más tarde un emisario del Gobierno llamó a la puerta para comunicarles que Ibrahim, junto con otros tres trabajadores, habían sido víctimas de un atentado. Por estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

Afortunadamente, y gracias a la profesionalidad, perseverancia y dedicación de los médicos, Ibrahim conservó la vida, aunque jamás volvería a caminar. Había perdido las piernas, medio pulmón y el ojo derecho. Ido por un ataque de rabia y dolor, maldijo a los médicos por salvarle la vida, a los hijos de puta que habían llevado a cabo el atentado y, también, maldijo a Dios. De su boca despedían escupitajos y blasfemias; lágrimas de sus ojos. Y mientras las venas se hacían notar en su cuello, de repente, algo cambió.

Un canto celestial viajaba a través del pasillo del hospital, unos pequeños y juguetones pasos, una bella y dulce voz inundaba el lugar. “¿Papi…?“, repetía una vez tras otra la linda voz. Era una bonita melodía que, a cada habitación que pasaba, se desanimaba al no obtener respuesta. “¿Shaadi?” respondió dubitativo Ibrahim mientras adoptaba una posición más erguida.

Allí estaba. Por la puerta asomó una alegre cabecita cubierta por un colorido pañuelo, unos ojos grandes y un alma joven, pura e incorrupta. Era Shaadi; y bajo su brazo llevaba con ternura un osito desgarrado, con la tripa descosida. El osito había perdido el relleno, estaba blando y delgado, aunque parecía estar en mejor forma que Shaadi, pues sufría las consecuencias del hambre y la guerra. Desnutrida, en los huesos. Pero esto, ahora, no importaba demasiado. Era feliz.

¡Papi!” gritó ella. “¡Shaadi! ¡Ven a mis brazos!“. Padre e hija se abrazaron con efusión, ternura e ilusión. A Ibrahim no le salían las palabras, tan solo lágrimas. Hacía más de medio año que no veía a su pequeña. Su rostro húmedo y sus ojos no creían lo que veían. Ibrahim alzó la cabeza por encima del hombro de su hija y vio a sus padres y, a la vez que se acercaban con entusiasmo, les agradeció el cuidado que le habían dado a la niña. Con la mano temblorosa Ibrahim se enjugó las lágrimas.

 

Ibrahim recuerda aquello con melancolía mientras sostiene entre sus brazos el cuerpo inerte de Shaadi. Alrededor todo es humo y estruendo. Caos. Gritos. Pero una mirada virtuosa silencia el mundo, detiene el tiempo. Su tierno rostro ensangrentado. Sus grandes ojos no apartan la vista a su padre, sino que le miran con amor. Shaadi no se avergüenza de su estado. Sus pequeñas manos sostienen con fuerza las de su padre; ambas se agarran con firmeza. Oh, Shaadi… –inocente y menuda, ella siempre alegre y risueña, de mirada tierna y serena, ella libre de pecado–, pero el corazón de Shaadi jamás volverá a latir.

Habéis matado a un ángel y no encontraréis perdón.

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2 comentarios en “Los ojos de Yemen

  1. Cuán insignificantes parecen las vidas de estas personas cuando reposados en el sofá de nuestras casas nos lamentamos de sus muertes tras ingerir indiscriminadamente el trozo de pizza que tenemos en nuestras manos. Que fácil es escuchar durante 5 segundos el tele-noticias pero qué difícil entender que son seres humanos con su propia historia.

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