La traición de Caronte

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Son innumerables las personas que yacen sumergidas en la necrópolis mediterránea. El mismo Caronte ordena a las aguas arrebatar almas a pesar de haber entregado el pago, y con orgullosa indiferencia Hades observa el Aqueronte. Aquellas almas, vivas, portaban el ramillete de oro; necesitaban contactar con nosotros para pedir ayuda. Creían ir al cielo y estaban ante las puertas del infierno. Pobres desgraciados, ¿a caso no veis a nuestros cerberos velar nuestros hogares? Aquí no sois bienvenidos.

Son muchas las personas las que han encontrado el descanso eterno en nuestras orillas. Amanece, y el tiempo es de agradecer, echas un vistazo por el balcón mientras te llevas a la boca una cucharada de cereales con leche. Joder, qué preciosidad de playas, de soles y de país. Aunque… ¿qué es eso? Una mancha oscura ensucia la simétrica playa, adornada con las hamacas y los parasoles que el playero ha recién colocado. Quienes han salido temprano para no quedarse sin sitio han advertido, también, aquella rareza. Toalla al hombro y sombrilla bajo el brazo, se acerca un grupo de curiosos para saber qué está pasando. De lejos es difícil discernir de qué se trata, “pensaba que era una cría de foca o de delfín que seguramente había perdido el rumbo y se había trabado en la orilla”, dice uno. “Ah, bueno, pobrecita. Habrá perdido a su madre”, añade el otro. “Entonces, ¿qué es?”.

La madre de aquel hombre, el cual pecó de luchar por una vida mejor, se estará preguntando si llegó o no llegó. Ella conoce bien la respuesta, aunque no quiere aceptarla. Ahora, además de hacerse cargo de sus restantes hijos, también deberá hacerlo de sus nietos; hoy, y para siempre, huérfanos. “Nuestro padre nos abandonó, ¿verdad abuela?”. “Si supierais, cachorros, vuestro padre iba a partirse la espalda para daros una vida mejor” pensó la matriarca.

Los curiosos inspeccionan el cuerpo, lo analizan y llaman a las autoridades. Un periodista que por allí pasaba, nadie sabe de dónde sale, captura un par de imágenes sobre el cadáver del joven africano. Al poco rato esas imágenes circulan por todo el país e incluso traspasan las fronteras. Nadie ignora qué ha pasado. Los médicos se llevan el cuerpo para que el forense certifique su muerte y la causa de la misma, aunque siempre es la misma. Sea aquí o en Lampedusa. Una y otra vez se repite la misma historia.

Las autoridades adecentan un poco la zona y, sin más dilación, huyen del lugar. Los curiosos comentan, sin profundizar demasiado en el tema, lo que acaban de ver. “Es triste, es triste” dice uno mientras instala la hamaca a pocos metros de donde se encontraba el cuerpo. “La verdad es que sí… Por cierto, el agua está buenísima” dice una, medio cuerpo en remojo, mientras se frota los párpados para deshacerse del agua salada. Da media vuelta y alza la cabeza hacia el sol, brazos en jarra, cierra los ojos, y agradece aquel fantástico y tranquilo día de verano.

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