“Al habla el Capitán: volvemos a Barcelona”

Aterrizaje amanecer

Llevamos hora y media de retraso, pero ni me extraña ni me importa. Ya se sabe, es domingo y por delante una Semana Santa emocionante que nos permite respirar con algo más de tranquilidad, días que nos dan una pausa necesaria que deberíamos aprovechar para repensar dónde estamos y dónde queremos ir. Conglomeraciones en aeropuertos y trenes, típico en estas fechas. Un retraso más que justificado.

En el avión ya se siente ese cálido aire para adormecer a los pasajeros y, ya en mi asiento, la temperatura hace mella en mí: los párpados son más pesados a cada segundo que pasa. Respiro aliviado, ya he pasado lo peor: las colas, la facturación, los controles de seguridad, más colas y el embarque; ahora solo toca esperar a que el avión se ponga en marcha y nos deje sanos y salvos en nuestro destino: Tel Aviv. Me abrocho el cinturón, intercambio palabras con mi amigo Bryan y cierro los ojos. Mis ojos no pueden contra la fuerza y el poder del aire caliente de esta compañía israelí. Ojos cerrados, mente despierta.

El trote del avión cuando se dirige a la pista de despegue precede al temblor de los motores. Intuyo que desde la torre de control nos han dado luz verde, pues los motores centrifugan con más fuerza que antes, como si estuvieran preparándose para lanzarnos al otro lado del Mediterráneo con un solo impulso. Y ese trote cesa (si la contradicción es admisible) para convertirse en galope. Y el galope deja de serlo cuando el aparato alza el vuelo de una forma que envidiaría el mismísimo Pegaso.

A pocos metros de altura, desde mi asiento, con los ojos cerrados y la mente despierta, escucho una serie de petardazos, tres o cuatro, seguidos. Se oye un rumor generalizado, unos gritos demasiado ahogados. Abro los ojos y siento que la sangre me ha subido a la cabeza. Una correlación de sonidos nada habituales. Me tranquilizo pensando que habrá sido un flap que no volvía a su posición inicial o que el tren de aterrizaje no cerraba de la forma en que debería. Pero la chica junto a la ventana está nerviosa. Parece que ha visto algo y no sé qué. Dos azafatos se dirigen con prisa a la parte delantera del avión. Las cinco o seis cabezas de pasajeros que puedo ver se mueven como los espectadores de un partido de tenis: miran hacia delante y hacia atrás, al compás. Buscan algo o a alguien. Por entonces no he recuperado la paz. Y como no queda otra –aunque suene a tópico– no puedo más que orar: la única y última esperanza del hombre de fe.

La chica de la ventana detiene a un azafato y nerviosa le comunica sus preocupaciones, no sé el qué, pues hablan hebreo. Pero ella sigue nerviosa. Al poco tiempo el capitán de la aeronave se dirige a nosotros desde cabina: “al habla el capitán: hemos tenido un problema con el motor izquierdo del avión. Volvemos a Barcelona para revisarlo”. Los pasajeros de alrededor parecen más tranquilos. Hasta que dos minutos más tarde se dirige de nuevo el capitán: “Parece que el problema del motor izquierdo ha sido resuelto. Volamos a Tel Aviv”. La chica hebrea de la ventana parece que va a enloquecer por la estupidez de los pilotos y de los azafatos. Detiene, de nuevo, al azafato y parece que le repite la situación. Desconozco qué tipo de poderes tiene la chica hebrea de la ventana, pero al cabo de unos minutos el capitán, quizá habiendo ya valorado la seguridad de las personas por encima de la compañía israelí, decide volver a Barcelona. Miro a mi amigo Bryan, pues la situación parece irreal. Me confirma que así es. Los pocos minutos de vuelo y el aterrizaje se producen sin altercados.

Nos detenemos en medio de la pista y nos comunican desde cabina que colocarán unas escaleras móvilesy un autobús pasará a recogernos. Y así acaba siendo después de una larga espera.

Una vez pasamos el control de seguridad, para confirmar que volvemos a entrar en el país del que jamás hemos salido; y recogemos el equipaje de la cinta del mismo lugar en el que lo dejamos; nos comunican que nos dirijamos a la ventanilla 764 y desde allí nos informarán.

En la cola de la ventanilla 764, detrás de Bryan y de mí, hay otro grupo de españoles. Parece que uno de ellos estaba junto a la ventana: “cuando nos habíamos alzado unos siete u ocho metros —comentan entre ellos— han salido varias llamaradas y humo del motor”, la pareja de este parece corroborar su versión desde su experiencia propia: “yo no estaba en la ventana, pero sí he visto cómo se iluminaba la cabina varias veces” (por los supuestos destellos de fuego). Según estos testimonios el motor ha prendido durante el despegue. Y entrelazando su versión con la reacción de la chica hebrea de la ventana, parece tener sentido. Aunque, cabe decir, que al aterrizar ningún equipo de bomberos nos ha asistido.

Queda como un misterio hasta nuevas informaciones. Lo que quizá no es tan misterioso es aquella canción de Regina Spektor que decía:

«No one laughs at God in a hospital
No one laughs at God in a war
No one’s laughing at God when they’re starving or freezing or so very poor (…)
No one laughs at God when their airplane start to uncontrollably shake
No one’s laughing at God (…)
No one laughs at God
When the cops knock on their door and they say we got some bad news, sir
No one’s laughing at God when there’s a famine or fire or flood».

 

Para más información sobre el suceso:
La Vanguardia; La Razón.

 

 

 

 

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Un comentario en ““Al habla el Capitán: volvemos a Barcelona”

  1. molt entrentigut i la canço molt bona!

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