Volver a nacer

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Han sido muchas las críticas que han caído sobre esa «nueva normalidad» que nos promete el presidente del Gobierno, y esas mismas críticas han reclamado un deseo de volver a la antigua normalidad. Pero querer volver a la antigua normalidad supone reconocer, en cierto modo, que entonces estaba todo bien y nada debía ser cambiado.

Hace relativamente poco, un parlamentario dijo que el verbo que debemos conjugar entre todos es «construir», que viene a ser lo mismo que decir que entre todos debemos caminar. Pues si bien en este sentido construir implica «ir hacia arriba», bien podemos perdernos en el abismo del universo; y, si bien caminar significa seguir «hacia delante», a duras penas podremos evitar caer por el despeñadero. Eso sí, todos juntos. Desde aquí reivindicamos volver sobre nuestros propios pasos, regresar y no marchar; excavar más que construir, si es necesario, hasta encontrar la cueva de la Natividad. Pero la modernidad, sin embargo, rechaza la Natividad porque rechaza el Nacimiento. Y para no encontrarlo en las profundidades, al hombre moderno no le ha quedado otra que erigir y cimentar piedra sobre piedra sobre esa pequeña cueva de Belén; no le ha quedado otra que dificultarnos el camino de regreso a casa y llamar a eso normalidad.

La construcción, como la fabricación, es la defectuosa respuesta que el mundo moderno da a la búsqueda de lo puro e inmaculado, sin encontrarlo, porque lo ha escondido, sin escucharlo, porque lo ha acallado. Y es ante este descalabro donde el hombre sano debe optar por la deconstrucción. Y para deconstruir es menester volver a los orígenes o, al menos, volvernos hasta reencontrar el camino verdadero. La deconstrucción no es una demolición; es, en todo caso, la mayéutica socrática aplicada, si se quiere, de forma inversa. Es el proceso por el cual vamos a cuestionar todos y cada uno de los dogmas que ha impuesto nuestro tiempo. El escritor Carlos Marín-Blázquez lo describe de esta forma en su aforística obra Fragmentos: «Hoy el hombre solo siente que progresa si el mundo hacia el que va es negación del mundo de donde procede». Desde el punto de vista antropológico, el hombre no ha encontrado en el progreso más que impedimentos, tan solo productos deficientes para satisfacer placeres pasajeros, en los que se ha complacido con orgullo produciéndole un aterrador vacío que trata de acallar con más y mayor progreso.

Recordé algo que recientemente leí de Fabrice Hadjadj acerca de la construcción y el nacimiento. El filósofo francés expone de forma brillante una reflexión a tener en cuenta: «Un niño trisómico puede nacer, pero no podría ser fabricado». El significado de estas palabras es claro: en los preceptos de la fabricación, como en la construcción, el hombre exige perfección. Pues, ¿qué clase de carpintero elaboraría una mesa coja? ¿qué tipo de arquitecto diseñaría una casa de cimientos inconsistentes? Y el hombre moderno, en su eterna miopía, se termina preguntando, ¿qué clase de padres planificarían el nacimiento de un hijo defectuoso? Si bien en las dos primeras cuestiones lo lógico se corresponde con la naturalidad humana, en esta última lo antinatural se sobrepone y rechaza a lo sobrenatural. Esto es así porque se rechaza el oscuro (porque es un misterio) fruto del abrazo cálido de los esposos y se acepta la «transparencia de la probeta de cristal». Ahora los padres podrán tener hijos de laboratorio personalizados a su gusto: han rechazado la imperfección del nacimiento por la perfección de la fabricación bajo la consigna del progreso.

De este modo, el hombre moderno se afana en producir cosas perfectas que desvíen la atención al hombre común, lo ceban como a un cerdo para que, llegado el momento, rechace e incluso devuelva el Pan de la Vida, lugar de donde viene y al que debe regresar. Porque cuando el hombre exige perfección en el terreno de lo artificial el peligro que corre es doble: por un lado, puede caer en el error de rechazar lo imperfecto –tanto como lo verdadero y naturalmente perfecto–; y, por otro lado, tomar como perfecto, gracias a esa miopía artificial, una construcción imperfecta.

No negaré lo confuso de las afirmaciones anteriores, porque en esto consiste precisamente la construcción: en confusión. Tomemos como ejemplo a los descendientes de Noé y en lo que sucedió tras el diluvio. Su alma, separada de Dios, y su corazón, anegado de agua y repudio, transformó la desgracia espiritual en desgracia material construyendo la Torre de Babel. A esa construcción respondió Dios con confusión: «Bajemos, pues, y confundamos allí su lengua, de modo que ninguno entienda la lengua del prójimo. (…) Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra», (Gn, 11:7). El hombre sano es consciente de que la lengua bífida, siendo una, es dos; y aun cuando dice la verdad, miente: pues es el príncipe de la mentira. Por ese motivo, aun hablando todos la misma lengua en Babilonia, no eran unidad, porque se alejaron del Padre; o como cuando Jesús preguntó el nombre del endemoniado de Gerasa: «Me llamo Legión, porque somos muchos» (Mc 5:9).

La deconstrucción nos permite corregir, reunificar lo que había sido diseminado, encontrar lo que había sido perdido. Y hoy más que nunca, el ethos católico nos exige que volvamos a esos orígenes. Si queremos (ver) al Hijo es preciso corregir a la madre que, en su vientre, quiere deshacerse de él. Si queremos (ver) al Padre debemos oponernos a todo aquello que promueva, como la eutanasia, su muerte prematura. Si queremos (ver) a la Madre Inmaculada debemos abolir todo aquello que la desnaturalice o la prostituya. Si queremos (ver) Justicia debemos acoger al sufriente, porque algo mucho peor que permanecer confinado en casa es vernos obligados a abandonarla; «toma al niño y a su madre y huye a Egipto» (Mt 2:13). El amor, como lo heroico, no es calculador y los tiempos nos piden a gritos un poco de épica. Volver al origen y fundamento de las cosas no nos convertirá en retrógrados o carcas sino en todo lo contrario, estaremos perfeccionando, aun con nuestras debilidades, nuestra naturaleza. Más que ir, debemos regresar; más que mirar hacia fuera, debemos mirar hacia dentro y encontrar lo sustancial de la creación.

Si construir, como Babel, nos lleva al abismo del universo; si reivindicar con orgullo placeres mundanos nos conduce a los agujeros negros (o agujeros de gusano) en los que nos arrastramos y desintegramos, entonces, más idóneo será atarse una rueda de molino al cuello para contrarrestar la ingravidez de lo moderno. Al fin y al cabo, el niño trisómico también está hecho de polvo de estrellas, como usted lector, y como yo, y eso le hace infinitamente más perfecto que cualquier ordenador o cualquier edificación que lleve al hombre a la luna.

Prosigamos, pues, sin miedo, con fe y esperanza, a la divina deconstrucción que comenzó Notre Dame, Nuestra Bellísima Dama de París, en su largo viaje hacia las estrellas.

[Publicado originalmente en La Controversia]

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