Los padres de Oliver Twist

Fotograma de la película ‘Oliver Twist’

Con cierta pesadumbre, diría que apenas podemos vislumbrar grandes diferencias entre la sociedad que critica Charles Dickens en «Oliver Twist» y la actual. Si bien la fuerza de las circunstancias lleva al huérfano a cometer ciertos crímenes que en otras circunstancias no hubiera cometido, con cierta benevolencia podríamos considerar lo mismo hoy y, en cierto modo, liberar de culpa a varios de nuestros coetáneos. Decía Tolkien que «los corazones de los hombres no son tan malos como sus actos, y casi nunca como la maldad de sus palabras». Dando esto por cierto, no podemos negar que el error es una cuestión presente en nuestras vidas y que, por ese mismo motivo, es necesaria la reconducción de otros sobre nosotros con el fin de guiarnos en buena dirección en esta andadura terrenal.

Varios de estos errores se traducen hoy en una filosofía de vida, de pensamiento, en el que el deseo y la voluntad —porque somos herederos de una nefasta ideología— se sobreponen al bien común, a la verdad o a lo que es justo. El culto a la autonomía personal se traduce, tentadoramente, en una supremacía de la subjetividad sobre la objetividad. Se trata, en definitiva, de una anarquía moral capaz de concebir el ser, la esencia de las cosas, como algo perfectamente mutable. Podemos eximir de estos múltiples errores a todo aquel al que no se le haya ofrecido una alternativa clara y honesta, pero no a aquellos que, habiéndolas conocido, las han rechazado para abrazar con fervoroso radicalismo todo aquello que hace al hombre perder la razón.

Según la lógica de nuestro tiempo, hoy todos podríamos ser padres de Oliver Twist. Es más, podríamos incluso, siendo hombres, ser madres de Oliver Twist. O viceversa. Pero la cuestión en este punto es que el hombre, la mujer, se ha obcecado tanto en su propio deseo, en su propio derecho, que ha olvidado los del huérfano, el primer afectado, tratándolo como a una simple mercancía, un medio, para obtener un fin: la satisfacción personal. Así, Oliver Twist pasó de ser un condenado del orfanato, de la señora Mann al señor Bumble, y de este al judío Fagin, entre otros, siendo denostado por todos y cada uno de ellos. Cuando olvidamos, rechazamos o desconocemos qué es lo correcto, servimos a nuestros intereses a través de lo incorrecto.

Y esto es lo que sucede, precisamente, cuando hablamos del derecho de adopción. A través de los años ha sido malinterpretado, en ocasiones a conciencia, por hijos de la ideología. El derecho de adopción nos juega una mala pasada semántica, pues no se trata del derecho de adoptar a un hijo, sino de la posibilidad de ser adoptado por un padre. No es suficiente con cambiar el punto de vista, pues la diferencia es sustancial. No es el derecho a que Oliver Twist sea mi hijo, sino a que Oliver Twist tenga un padre y una madre. Este aspecto es decisivo para realizar la correcta traslación al verdadero sujeto de derechos. ¿No es acaso, la justicia, el arte de dar a cada uno lo suyo? ¿No somos acaso los seres humanos cómplices del paso del tiempo por un debido proceso de filiación? 

Si atestiguamos el transcurso de la vida es por la mera razón de que somos hijos de alguien. Somos herederos de una herencia —si se me permite el pleonasmo— como Oliver Twist respecto al señor Leeford. Lo que quiero decir con esto es que no todos los hombres tienen hijos y, sin embargo, todos los hombres tienen padre. Si esto es cierto, que lo es —y me batiré ferozmente con todo aquel que lo niegue— no cabe duda de que un hijo huérfano es el sujeto de derecho de adopción. Y no lo son, muy a mi pesar, aquellos padres que, por la razón que sea, no pueden tener hijos. Dicho esto, lo justo es reconocer que al huérfano hay que darle un padre y una madre, porque esa es la tarea de la justicia, dar a cada uno lo suyo y, en este caso, restituirle lo perdido. Lo perdido en el caso de un huérfano es un padre y una madre.

Uno de los corolarios que extraemos de lo dicho es, precisamente, que lo que debe dársele al niño desamparado es un padre y una madre y no otra cosa. No dos padres. Tampoco dos madres. No dos cisgéneros. Ni hombres gestantes. Porque estos son los errores ideológicos que nos conducen a una verdadera sinrazón. Estos son los errores ideológicos que nos conducen, derechos, a la locura. No se trata de odio a nadie, se trata de amor, de coherencia de pensamiento y de justicia para con el hijo. El matrimonio, el juramento de fidelidad entre los esposos, es una pieza esencial en la cuestión de la adopción en la que convendría incidir, pero no ahora.

Qué duda cabe de la complejidad y seriedad del asunto que hasta ahora ha sido ignorado y prostituido por gobernantes y legisladores. Aquí hemos bordeado el asunto, sin sortearlo, yendo a lo esencial del mismo. Haría falta una ofensiva contra la legislación actual para revertir lo que primeramente revirtió el orden natural de las cosas: al niño, un padre y una madre.

[Publicado originalmente en La Controversia].

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